| José María Odriozola Sáez ______________________________ Decía Agustín de Foxá que había un tiempo anterior a nosotros, que era el de nuestros bisabuelos y nuestros abuelos fijado en fotos, cine congelado de los álbumes familiares con instantáneas amarillentas en las que aparecían canotiers, sombrillas, vestidos de lazos y niñas antiguas como de estampa... En la familia no tenían que apellidarla y tras su pérdida, quedó la nostalgia, entre idílica y triste del paraíso perdido. Las imágenes y los recuerdos que conservamos nos trasportan a un pasado no tan remoto en los sentimientos y sí en el tiempo. Los testigos que la conocieron, no están entre nosotros y solo nos trasmitieron su añoranza. “La Huerta”, que ya solo existe escondida en nuestros recuerdos, parece ocultar con timidez toda la belleza que atesoró. El tiempo y la nostalgia, que suelen distorsionar la memoria, no pueden hacerlo con las imágenes. En el ideario de las corrientes artísticas que surgieron en la Europa de mediados del XIX, aparecía (entre otras), el rechazo a las industrializadas e insalubres ciudades europeas y la idea utópica de la vuelta a la naturaleza. España, que no estaba precisamente industrializada, asumió tarde y a su modo parte de esta moda y popularizó la versión hispana de los “pleausure gardens” en los llamados “Recreos” privados. El modelo, con variaciones, tenía como eje uno o varios paseos ajardinados que enlazaban el edificio principal con otros elementos arquitectónicos como miradores o cenadores. Las plantas (muchas de ellas exóticas) alineadas en senderos, dividían pequeños jardines de flores, tablas de huerta y frutales teniendo al agua, como elemento fundamental en forma de fuentes, estanques o pequeños canales. Los Iraola, una familia burguesa gaditana, tuvieron el suyo a finales del ochocientos y principios del novecientos en una zona rica en manantiales de agua y huertas en las afueras de Sanlúcar de Barrameda. Situada en los altos de la barranca, se sombreaba bajo un pequeño pinar asomado al Coto de Doñana. Algunas fotos veladas por el tiempo nos muestran El “Recreo de los Iraola” con un bonito edificio modernista de influencias neomudéjares, su jardín de plantas olorosas con fuentes y el coqueto mirador con bancos de madera que buscaba las brisas de poniente … El tiempo que todo lo cambia, no ha sido compasivo. El pago que ocupó con su edificio, jardines y mirador se hizo solar y fue asimilado por la población y, aunque se sigue conociendo como “Huerta de los Iraola”, de ella solo queda el nombre de una calle y algunos tramos del bonito cercado perimetral de paños de cerrajería y columnas de hierro fundido que delimitaron aquel “recreo”. No es descabellado pensar que su cercano pariente asentado en El Pedroso, Nicolás Iraola Rivero, que visitaba a menudo Cádiz y Sanlúcar, pasease por aquellos jardines y tomase el fresco en aquel mirador. Hablaría con su hermano Juan y ambos se propusieron hacer algo parecido en una pequeña finca de su propiedad: la antigua “Huerta de los Cartujos” de El Pedroso. El paso del tiempo y la pérdida de muchas fuentes escritas nos han robado numerosa información, pero aún existen documentos en archivos públicos y privados, fotos antiguas conservadas por los descendientes de la familia Cataño y la memoria oral que nos ayudarán… Aunque la superficie de toda “La Huerta de los Cartujos” era de casi trece hectáreas, en el proyecto de Nicolás y Juan, solo algo más de media sería la que ocuparían las huertas y jardines. El resto continuaría de tierras de labor como hasta ahora había sido. Los Iraola no destacaban por su paciencia y al pequeño ejército de albañiles que trabajaba a destajo, le faltaban horas construyendo la casa, los patios, los jardines con sus paseos y la cerca perimetral de aparejo. Nicolás pasaba más tiempo con el otro grupo que levantaba en la parte alta de la zona ajardinada, su mirador. El tapial de casi dos metros de altura que cercaba el jardín y que pretendía más la intimidad que la protección no podía ocultar a los curiosos la cantidad de plantas que llegaban, tanto cambió aquella huerta ajardinada que el pueblo la renombró y comenzó a llamarla “de las palmas” por la abundancia de estas que se plantaban alineadas en los paseos. Todo esto se hacía a la vez que se modificaba el trazado del antiguo camino que la atravesaba en diagonal y que terminó desplazado a la linde con “Carrión”. Y también el más que controvertido proyecto del aprovechamiento del agua de los manantiales “del Arca” que, aunque afloraban en olivares de su propiedad, nutrían desde tiempo inmemorial una de las principales fuentes del pueblo. ¡Muchas prisas eran para aquel Pedroso de finales del ochocientos! El agua, siempre el agua… En este punto fundamental de su proyecto hubo un grave problema y ni las gentes del pueblo ni el carácter del gaditano ayudaron. El desencuentro con la población, que duraría casi dos años, acabó en la Real Audiencia. Las obras, que ya llevaban tres, continuaron y Nicolás se lo jugó todo a una carta, la del agua. Y perdió… Con muchas obras sin finalizar llegó aquel fallo judicial que le otorgaba “una alberca de derrame” que lo truncaba todo. Nicolás hablo con su hermano Juan, apretó los dientes y decidió que no viviría en El Pedroso. Vendió su bonito proyecto a los Cataño, una familia que pudo pagar el precio que pidió, y se fue a vivir a Quintanilla la Baja. Y es en ese momento cuando empieza otra historia, la nuestra. Es curioso como durante apenas un siglo “La Huerta” se apropió del alma de aquella familia. Aunque para ser justos habría que decir que en realidad acabaron siendo tres, pues Cataños, Hernándezes y Ruices terminaron conformando un totum revolutum familiar. Contaba “Papantonio” que su abuelo Antonio Cataño Sánchez no se equivocaba con las tierras que compraba y llevaba tiempo buscando terrenos de labor cerca del pueblo en los que sembrar trigo y cebada. Cuando surgió lo de “La Huerta” su hijo Eduardo, a diferencia de sus hermanos, animó a su padre y le restó importancia a lo mucho que pedían los Iraola. Al tratar la compra de aquella “Huerta de las Palmas” eran conscientes de que aquello, por extensión, era poco más que un cortinal grande encarecido por aquellas bonitas construcciones y sus jardines, pero la familia no podía perder la oportunidad, debían comprarla por prestigio. Trataron, argumentaron y volvieron a debatir y como donde hay hombres hay acuerdo, terminaron dándose la mano… con el compromiso de que Nicolás incluyese en la venta diez aranzadas de los olivares del “Cucu” y del “Cuquillo” linderos con “La Huerta”. Las escrituras declaraban que apenas llegaban a veintinueve las aranzadas de sembradura, pero serían generosas de grano si se cultivaban bien. Los inviernos que colmaban los arroyos “Hondo” y el del “Arca del Agua” cargaban de humedad aquella vega tempranera que, aunque estaba a solana, raramente veceaba. Y sobre aquellos olivares linderos que habían arreglado el trato, no había duda, pues tenían fama de castizos… ¡Buenas tierras las de “La Huerta Cataño”! Cazalla es tierra de Dios Constantina de galanes “Guarcaná” de buenas mozas y El Pedroso, de olivares Fernando Villalón El famoso cenador de las glicinias del jardín de la Concepción que la acaudalada familia Löring tenía en Málaga, ocupó en más de una ocasión páginas de sociedad y marcó tendencia. Es muy probable que Nicolás quisiese recrearlo a su modo en la casa de “La Huerta” y la verdad es que no le quedó mal. La intención desde el primer momento era que el patio de las glicinias fuese la primera imagen que se tuviese antes de acceder a todo aquello. Frente a la fachada de la casa, al otro extremo, levantó un muro revestido de azulejería aligerado por cuatro puertas de arcos ojivales de gran tamaño por las que se accedería a los jardines y al paseo del mirador. Sobre el patio montó una extensa estructura de hierro atirantada formando bóveda de cañón que sustentaría las glicinias y que, partiendo del muro de las puertas, llegaría hasta la misma fachada de la casa donde estaba el árbol del paraíso. Todos comentaban en El Pedroso que los Iraola habían empezado la casa por el… mirador y no habían terminado siquiera los patios; no les faltaba razón pues hasta la misma casa principal estaba inacabada en el momento de su venta. A los Cataño, tradicionales en todos los aspectos les gustaba encalar las fachadas de sus casas, atar en sus balcones la palma el domingo de Ramos y colgar las colchas buenas el día de la Virgen y habían terminado comprando una en la que no podían hacer ninguna de las tres cosas. Pero les gustaba Nicolás, hombre de mundo y con buen gusto, le había sabido dar a aquella casa y a sus jardines un aire señorial y distinguido. Antonio, que había heredado olivares tierras y ganado, los acrecentó ayudado por sus hijos. La bonita huerta que había comprado a los Iraola se llenó pronto con la familia y podían haber sido más, hasta nueve, si sus hijos Manuel, María Josefa y María del Carmen, no hubiesen fallecido niños… Ilusionados, terminaron las obras de la casa a su gusto y pusieron en marcha aquella inmensa huerta ajardinada haciéndole una casa para el hortelano, una noria y en la zona alta, dos albercas: una redonda y otra cuadrada que la regaban por su pie. Aquel primer verano, las tablas de huerta ya verdeaban… Pasaron los años y el tiempo voló y Antonio, siguiendo la costumbre familiar, les hizo casa a sus hijos y también les legó una buena dote de olivares y terrenos excepto a Eduardo que renunció a lo que le correspondía para quedarse en “La Huerta”. Y la vida siguió y Eduardo y su mujer Dolores Alejos plantaron mil quinientos naranjos dulces a marco real en la cerca del camino nuevo y para regarlos por su pie le hicieron una alberca grande de sillares de granito en la parte alta. Las buenas tierras y el agua hicieron que crecieran rápido, tanto, que a los pocos años el olor del azahar llegaba hasta la misma plaza de la iglesia. Eduardo añoraba a menudo a su padre. No faltaba en las eras el día de la trilla y mientras las colleras de mulos pisaban la parva, parecía estar viendo a Antonio sonreir al verlas rebosantes de trigo y cebada. No se equivocaba ni con las tierras ni con otras muchas cosas… ¡Buenas tierras las de “La Huerta Cataño”! La vida en aquel lejano Pedroso de finales del ochocientos y principios del novecientos continuaba plácida y honrada entre fiestas, coplas y refranes. Los olivares, las fincas y los molinos marchaban y Dolores tuvo tres hijos: Antonio (“Papantonio”), Loreto (“Mamaloreto”) y Nazaria, aquel ángel de Dios que les partió el corazón al morir tan niña. Los años, que no remediaron aquella tristeza, fueron generosos y les regalaron quince nietos para entretenerles la vejez. Mi padre recordaba a Antonio Cataño Alejos “Papantonio”, ya en edad más que avanzada, como un hombre de costumbres sencillas. Inteligente y trabajador, su mundo era “La Huerta”, sus olivares y la Virgen del Espino, devoción que compartía con su mujer Inés Hernández. Disfrutaba leyendo La Gaceta y se recreaba en las crónicas taurinas de Lagartijo y Frascuelo. Le gustaba el olor del campo al romper el día y no le importaba ayudarse de un quinqué de petróleo para que Manuel atinase con el pitón de la hebilla en el agujero de la cincha. Antes de montar, mientras le aparejaba su caballo, le recalcaba todos los días que no olvidase la cebada y la paja fina a su regreso. Revisaba a diario y con ojo crítico las piaras de cabras y sus vacas rematando con el repaso de las siembras de “Navalázaro”, el molino harinero del “Corchuelo” y las cercas del Arroyo Hondo, al igual que las lindes de sus olivares de “Quintanilla la Alta”, que nunca descuidaba. Las tardes las dedicaba al molino de aceite. Las ganancias del año, que siempre algo había, las empleaba en mantener “La Huerta”, mejorar el molino, comprar algún ganado y rematar en la calle de los Cercos las casas para sus muchos hijos en las que siempre andaba atareado. Le gustaba distraer algunos duros de plata para adquirir pequeñas propiedades a la linde. Cuando alguna vez veía al notario de Cazalla, con el que mantenía buena amistad, este le saludaba comentándole con sorna que hacía tiempo que no firmaba otro olivar. Él, siempre le contestaba que los olivos, por muchos que fuesen, siempre eran pocos … Olivares, Dios os dé Los eneros de aguaceros, los agostos de agua al pie, los vientos primaverales, vuestras flores racimadas y las lluvias otoñales. Antonio Machado Su bisnieto, mi padre, le recuerda en uno de sus escritos como un (bis)abuelo tierno y cariñoso. Con la vista casi perdida se ayudaba de la mano de Luisillo para andar sin tropiezos. Sentado en el comedor de “La Huerta” simulaba repasar algunos pagos y disfrutaba pidiéndole que le ayudase a contar las monedas sueltas de la arquilla de madera con la promesa de que alguna caería… Antonio Ruiz Martínez (“El Maestro Ruiz”) se casó con su hermana Loreto. Murciano de buen carácter, despierto y trabajador, arribó como operario especializado en mil ochocientos treinta y nueve a una inestable Fundición de Fábrica de El Pedroso que alternaba periodos de trabajo intenso con paros forzados por malarias y sequías. Estas circunstancias, que para otros trabajadores supusieron dificultades y apreturas, fueron para él nuevas oportunidades de trabajo en la Maestranza de Artillería de Sevilla o montando un nuevo molino de aceite desde la nada en un solar de la calle de La Palma en El Pedroso. Hombre curioso, inteligente e inquieto, solo discutía con su amigo y cuñado Antonio Cataño cuando opinaban sobre Machaquito o Bombita. La familia, que lo conocía, lo acogió encantada y ni que decir tiene que no hubo entuerto mecánico en los molinos o en el campo que no resolviese. Antonio, aunque era especialista en cilindros afinadores en la Fundición, también trabajó en las molderías de La Maestranza en Sevilla. Años después, ya en edad más que madura y quizás echando de menos aquella etapa de su vida, habilitó como taller de carpintería uno de los cuartones junto a las cuadras en la Huerta. Compaginaba las visitas a sus olivares y la gestión del molino de su propiedad con su banco de trabajo donde, siempre atareado, reparaba piezas partidas o hacía nuevas. Sus habilidades manuales eran conocidas y fabricó para “La Huerta” una nueva noria completa “a la murciana” toda de madera y cuerda con sus canjilones de barro que funcionó perfectamente muchos años. Le gustaba montar a caballo y pasar las tardes en su pequeña carpintería, fue allí donde se ganó el cariñoso apodo familiar de “Maestro Ruiz”. Aún conservamos en la familia algunas herramientas suyas y varios muebles de nogal y castaño que salieron de sus manos. De vez en cuando se atrevía con las gubias y prueba de ello fueron los respaldares tallados de las sillas y un banco del comedor de la Huerta. Con él nace una de las ramas familiares más prolíficas, la de los Ruíz Cataño. De los ocho hijos que tuvo con Mamaloreto” nacieron veinte nietos e innumerables bisnietos que llenaron “La Huerta” y el pueblo de Ruices que a su vez se volvieron a entrelazar en multitud de ocasiones con Cataños, Hernándeces y también con otras familias más alejadas como la nuestra. A “Papantonio” le agradaba conversar con Manuel mientras supervisaba la poda de las glicinias. Le encarecía el vigor con que se entrelazaban los brazos de las plantas trepadoras en la pérgola de hierro del patio. Cavilaba y lo asemejaba a cómo las tres familias de “La Huerta” se habían mezclado entre ellas. No estaba muy errado y el ejemplo más cercano lo tenía en una de sus hijas, Dolores Cataño Hernández, que se había casado con su primo hermano Eduardo Ruíz Cataño, hijo de su cuñado Antonio Ruiz. No es ilógico pensar, siguiendo la lógica del trastarabuelo, que por las venas de quien esto escribe corre aún algo del alma de aquellas glicinias del patio de “La Huerta”, eso espero… En la familia recordaban que no era la primera vez que se solicitaba dispensa papal por la cercanía familiar de los contrayentes. La Santa Madre Iglesia, siempre ordenada, conserva en los archivos del Palacio Arzobispal de Sevilla los expedientes y sus árboles genealógicos de estos enlaces familiares bajo el epígrafe “Matrimonios Apostólicos”. Las glicinias, que parecían crecer ajenas al tiempo, encontraron su sitio en el patio. Sus delicados racimos colgantes se adelantaban en el anuncio de la primavera al azahar del naranjal y a las flores del árbol del paraíso. No se conserva, (que sepamos), ninguna foto del emparrado perfumado, pero sabemos que, a lo más granado que llegaba a nuestro querido pueblo le gustaba sombrearse bajo él y también a la familia que, con un punto no disimulado de engreimiento, se sentía reconocida por las visitas. El Pedroso jugaba con ventaja al tener su estación de ferrocarril en el mismo casco urbano. Esto la hacía muy atractiva para los visitantes en una época en que los trasportes eran cuanto menos, incómodos. Esta facilidad de acceso a una hora de Sevilla unido a su aire puro y a sus aguas de manantial, hicieron que en los periodos estivales la población se distrajera con los “forasteros”. En el arranque del mil novecientos fueron los toreros de moda, Curro y Antonio Posadas, los que más de una vez tomaron café y aguardiente en el patio de “La Huerta” con su amigo Eduardo Ruíz. No recordaba bien mi abuela cuantos veranos buscaron lo imposible, pero a Curro, con una tuberculosis muy avanzada no le dio tiempo a sanar. Por las tardes, los hermanos remataban el paseo en la ermita con la esperanza de un restablecimiento milagroso. Nuestro aire puro no pudo hacer ya nada y la Virgen del Espino lo llamó a su lado para disfrutar su arte desde el mismísimo burladero. Poco antes de su muerte, desde los jardines nevados de un sanatorio suizo, le mandaron a Eduardo Ruiz una foto con una dedicatoria para sus hijas “las señoritas Ruiz Cataño”. Algunos años después contaba Juan Belmonte, compañero de cartel de los tres hermanos, que la tragedia de los Posadas no era que, al mayor, Faustino, lo matase un Mihura en Sanlúcar de Barrameda, ni a Curro, poco después “la enfermedad”; eso formaba parte de la vida. Lo trágico era que a Antonio lo estaba matando la tristeza de haber perdido tan pronto a sus dos hermanos. | También la simpática “Señá Gabriela”, madre de una dinastía de ellos, pasó más de una tarde al fresco en el patio de “La Huerta” tomando los pestiños que tanto le gustaban. Sus hijos, que la visitaban durante sus breves estancias estivales, la acompañaban en sus recetados paseos buscando alivio para sus dolencias. Contaban que, en realidad, el origen de sus males era el sufrimiento y la angustia de cada tarde de faena de sus hijos Rafael, Fernando y Joselito el Gallo. Y la cosa no mejoró al casar su hija Lola con Ignacio Sánchez Mejía. Pocos fueron los momentos de tranquilidad entre corridas, tentaderos y novilladas de sus “niños”. Contaba mi abuelo Luis que estuvo mal asesorada por desconocerse entonces la importancia de las dietas para los problemas hepáticos y que tampoco le ayudaron las mal recomendadas aguas ricas en hierro de nuestro pueblo que, aunque aliviaron sus anemias, agravaron su enfermedad. Religiosa en extremo, calmaba a sus hijos preocupados por su deterioro físico y los alarmantes informes médicos, comentándoles que estaba preparada para cuando la Virgen Macarena la llamase. Y no la hizo esperar. Su hijo Joselito, que volaba alto, nunca nos honró con su presencia. No así sus hermanos Rafael y Fernando, que acompañaban algunas veces a su madre hasta la ermita a rezar. Una tarde, en una de sus últimas visitas a nuestro pueblo, se cortaron sus coletillas frente a la reja de la ermita y las dejaron por exvotos a la Virgen del Espino. Estas, al igual que otras muchas cosas, se perdieron tristemente algunos años después. Antonio Merchán y Silva, Senador y presidente de la Diputación de Sevilla era un cazallero simpático que mantenía una relación más que cordial con la familia. Sus visitas a “La Huerta” eran asiduas y la amistad con Antonio Cataño y su yerno Eduardo Ruiz era correspondida. Hombre justo y con una visión social adelantada a su tiempo, tenía merecida fama y sus empleados presumían de su buen trato y salarios más que justos en una época en que esto era desconocido. Conciliaba con acierto la abogacía, la gestión de sus fincas en Cazalla de la Sierra y el ejercicio de la política. Como Senador, pasaba temporadas en Madrid y en uno de sus retornos, con la buena excusa de una montería en la sierra, invitó a su casa a un amigo doctor que no tenía ni idea que su destino estaba en nuestro pequeño pueblo, ni que sería mi abuelo. El Pedroso era visita deseada por estar de carnavales y obligado era también pasar por “La Huerta” a saludar a la familia Cataño. Aquella tarde bajo las Glicinias, cómo no, estaban los dos abuelos Antonios: el Ruíz y el Cataño tomando unos vinos de La Palma con unos amigos mientras disfrutaban con sus nietas disfrazadas. Marta, de Huertana, tenía a su abuelo murciano “el Maestro Ruiz” embelesado y su hermana Inés hacía lo propio, de traje corto para evitar los celos del otro abuelo “Papantonio”. Marta brillaba tanto que Luis Odriozola, uno de los invitados que Antonio Merchán presentó aquella tarde a la familia, se enamoró de ella. Mi abuelo contaba muchos años después que lo tuvo claro desde el primer momento y que dejó encantado su vida en Madrid para venir a El Pedroso casarse, tener hijos y envejecer con ella. En la familia recordaban otras visitas, como aquella de los hacendados rioplatenses Ángel Jiménez y Vitoriano. Con cariñosa burla rememoraban los inútiles esfuerzos de Eduardo Ruiz por conseguir algo parecido a la hierba mate para sus amigos cuando supo tarde su inminente llegada en tren. Hombres de mundo, reían alabando con su característico acento y una indisimulada cortesía forzada y cargada de malicia el sabor meloso del té de tila que les sirvió Eduardo, tan diferente a su querida amarga infusión ultramarina. No faltaban las visitas de los vecinos de La Cartuja, los Zabalza, o la de los empresarios mineros José e Isidoro Guerra a los que Antonio Cataño le tenía arrendada su finca “El Redondillo” en la que explotaban la famosa mina de hierro “San Manuel”. Con los otros ingenieros, los santanderinos Félix, Pablo y Manuel Latorre, era otra cosa. Elegantes, cultos y simpáticos, mantenían una buena amistad con la familia y especialmente con Eduardo. Fundían en Fábrica el mineral de La Lima y explotaban el yacimiento de “Navalázaro” que, aunque era propiedad de la Compañía de Minas de Hierro, estaba dentro de la finca del mismo nombre que también era propiedad familiar. Los hermanos Latorre eran asiduos en “La Huerta” y solían algunas tardes, en sus paseos, bajar desde “Las Alberquillas” a tomar café bajo el árbol del paraíso. No era extraño que en estas visitas estuviesen acompañados de algunos de sus técnicos de las minas, muchos de ellos; extranjeros. Algunas parroquianas, con tiempo y deseosas de conseguir cualquier información jugosa que poder contar a la salida de misa de ocho, aprovechaban estas visitas para barrer con celo la calle. Ensimismadas en esa pulcra tarea, terminaban con la cara pegada a los barrotes de la cancela del patio provocando escenas cómicas y la hilaridad en los invitados… Eduardo Ruiz y Dolores Cataño, que vivieron en “La Huerta”, tuvieron dos hijas: Marta e Inés. Sus fotografías de niñas, recuerdos de horas felices, parecen guardar aún el olor a huerto, a naranjas y a amas de delantales blancos. Las mismas glicinias bajo las que jugaron en su infancia y adolescencia feliz, vieron a mi abuela Marta, vestida de novia, salir para el altar. Fueron niñas afortunadas y mimadas de sus abuelos Antonios y de sus abuelas Loreto e Inés a los que nunca olvidaron. Raro era no ver juntos a los abuelos en “La Huerta”, el Cataño porque vivía en ella y el Ruíz, (que lo hacía en la cercana calle de Los Cercos), porque compaginaba su carpintería, con las charlas en el patio con su cuñado y amigo. La casa de La Huerta era sencilla, grande y estaba mal distribuida. En sus frescas habitaciones contiguas al salón, se nacía y allí también se iba a morir. Sus gruesas paredes acumulaban recuerdos. A veces tantos, que en una misma habitación y en escasos años, hubo llantos desconsolados en el velatorio del querido tatarabuelo Eduardo Cataño Marín y albricias de buen parto cuando nació la abuela Marta Ruiz. Cada cierto tiempo desaparecía una generación, que era sustituida por jóvenes con su misma sangre que no rompían con los que marchaban y que eran continuidad familiar. La Abuela Marta contaba que, algunas tardes, a la hora de la siesta, importunaban a “Papantonio”, que intentaba leer el periódico sin conseguirlo. Su madre Dolores, que simulaba hacer ganchillo, le hacía un gesto con la cabeza a su marido Eduardo mirando una de las alacenas del salón. Recordaba Marta a su padre que, como si preparase un número de magia, colocaba sobre la mesa del saloncito que daba al patio una pequeña maleta de piel oscura encinchada con dos correas de gruesas hebillas. Con mucha parsimonia, sacaba de su interior los mágicos objetos. Gruesas postales de cartón, un pequeño trípode metálico lacado en negro cojo de una pata y una extraña y pesada cámara de dos ojos junto a un visor compartían espacio en ajustado orden. Eduardo bajaba la voz y susurraba a sus hijas que el visor esteroscópico “Verascope” de Jule Richard, había sido fabricado especialmente para la Exposición Universal de París y que sus dos lentes imitaban la visión humana al crear imágenes en tres dimensiones… Con cuidado, insertaba las gruesas tarjetas de cartón en el riel del aparato a la vez que ajustaba la distancia con la ballestina y aquellas pequeñas fotos duplicadas formaban una sola con volumen propio que parecía estar realmente frente a ellas. Barcos de madera de largos mástiles cobraban vida, otros impulsados por ruedas parecían moverse. En otras aparecían molinos de grandes aspas y ciudades europeas con canales por calles y otras, atestadas de bicicletas y coches de caballos o de coraceros en formación para un desfile. Su padre dejaba para el final, aquella en la que el rey de Inglaterra, otro Eduardo como él, posaba recostado en un muro con atuendo escocés. Sabía de antemano las risas que provocaban en sus hijas ver a todo un rey de Inglaterra en faldas con aquel estrafalario bolso de piel de tejón que tenía por solapa la cabeza del animal con ojos de cristal y nariz de pasta. Es curioso que, si miramos con atención las fotos antiguas de “La Huerta”, vemos que el epicentro de la vida nunca estuvo dentro de la casa y si en su exterior: bajo el árbol del paraíso, junto a las glicinias, en el coqueto patio de las cercas de madera o en el más distinguido de las pérgolas. También en los bancos de granito en los márgenes del caminito, sombreado entre las palmas que llevaban hasta el mirador, o en los frondosos paseos entre naranjos que remataban en la alberca redonda rebosante de agua fresca y densa… La Huerta siempre fue algo más que un bonito “Recreo” y así lo entendieron quienes la vivieron que, la consideraron más como la casa solar de la familia, que como una propiedad privada. “Papantonio” heredó de su padre y de su abuelo esa cortesía para con los “primos” y era habitual recibir de buen grado a los parientes, algunos lejanos, que acudían a pasear por los jardines hasta el mirador o que venían a bañarse en la alberca grande. Esa conciencia se mantuvo hasta el final. Cuando le comenté a Alejandro Muñoz, hijo de “Lolita” y trastaranieto de “Papantonio”, que estaba escribiendo sobre “La Huerta” me comentó emocionado cómo recordaba aquel verano en el que mi madre les enseñó a nadar a Loles y a él en la alberca redonda grande. Tras la muerte de “Papantonio”, alma máter de “La Huerta”, la familia fue consciente de lo que suponía el mantenimiento de todo aquello, que en su momento ocupaba entre hortelanos, albañiles, tatas y despenseros hasta tres familias completas. El cambio generacional, la abundancia de herederos y el declive de los precios del campo evidenciaron que “La Huerta” necesitaba para su mantenimiento lo que ninguna rama de la familia tenía y en silencio todos aceptaron como algo inevitable la decadencia de aquel paraíso. Aurora Cataño Madroñal temía que fuesen ellos la última generación de Cataños en “La Huerta”. Pensaba en sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y trastarabuelos. ¡Cuanto trabajo y cuanto esfuerzo por conservar en la familia aquella casa y aquellas tierras, que en realidad no eran más que un sueño! Casada con José Luís Rey, que por militar estaba obligado a continuos traslados, solo regresaba para que sus hijos naciesen en la casa familiar para posteriormente, volver a su hogar. Los destinos alejados, el esfuerzo por mantener aquella casona inmensa y los escasos periodos que pasaban en ella la terminaron persuadiendo de lo que ya sabía. La ofreció a la familia con la esperanza de que aquello tuviese continuidad, pero “La Huerta” ya no era la que fue y entre la numerosa descendencia no había nadie que asumiese los grandes gastos que suponían recuperar y mantener los restos de aquella huerta idílica que ya no existía. Y Aurora, con pena, la vendió a extraños. Estrambote triste La casa, muy trasformada, sigue existiendo hoy en día y el patio de las glicinias, aunque dividido y edificado al igual que la huerta, conserva partes originales como el muro de los arcos ojivales con parte de su azulejería y la estructura de hierro que sirvió de apoyo a las glicinias. El mirador, en estado ruinoso, amenaza peligrosamente con desplomarse. Los jardincitos inmediatos “de las verjas de madera” y “de las columnas”, han desaparecido y las huertas ajardinadas, irreconocibles, solo se intuyen por antiguas fotografías aéreas en las que se aprecia la primitiva disposición de las tablas. La alberca redonda grande que regaba el naranjal es ahora un inmenso tiesto de sillares de granito con un cañaveral en su interior. De la cercana tablita donde se cultivaban los bulbos de azafrán, nada queda y los niños de la familia que recolectaban sus flores y que entre risas las desbriznaban, como si fuese un juego, hace mucho que marcharon. La alberquita redonda que en su día regaba la parte alta junto a la cuadrada, da cobijo a una higuera que la va abriendo con la ayuda de los años. Las tierras calmas que partía el Arroyo Hondo, hace mucho que no se siembran ni de cebada ni de trigo y el naranjal se perdió por ausencia de cuidados, falta de riego y una enfermedad que también afectó a “La Huerta” y a sus herederos: la tristeza… Imagino a “Papantonio” en el más allá sentado en su mecedora cabreado, viendo impotente cómo se abandonaron sus tablas de huertas, sus paseos, su querido mirador, el naranjal y los frutales a la vez que sus wisterias se secaban… Las montañas se deshacen, el ganado se ha perdido; el sol regresa a su fragua: todo el mundo se va huido. Se va borrando la huerta, la granja se ha sumergido y mi cordillera sume su cumbre y su grito vivo. Las criaturas resbalan de soslayo hacia el olvido, y también los dos rodamos hacia la noche, mi niño. Gabriela Mistral |
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ALGUNOS APUNTES SOBRE LAS CHAPAS DE PAGO DE LAS MINAS DE EL PEDROSO EN LOS SIGLOS XIX Y XX3/10/2024
Diseño en base a grabado: Three Witches and a Cat’ de Augustin Théodule Ribot. 1823-1891
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AutorAsociación Cultural LA MEMORIA PRODIGIOSA.
José Mª Durán Ayo ARTÍCULOS DE José Mª Durán Ayo MÁS ALLÁ DE MI MEMORIA. José María Odriozola Sáez CUADERNILLOS DEL ARCA DEL AGUA. Luis Odriozola Ruiz Archivos del blog por MES
Agosto 2026
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