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37) QUE PASA EN JUAN TENIENTE

5/4/2021

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Chuzos de punta caían aquella noche sobre el cristal delantero de mi automóvil. Apenas entraban los faros en la doble muralla del agua y la espesa oscuridad, de forma que los olivos de las cunetas, parecían árboles arrancados de las ilustraciones de un cuento de Perrault.
Serían más de las once y la dureza de los elementos habían hecho recogerse a personas y animales en sus abrigos, excepto yo, que me había empecinado en dormir al calor de la chimenea de mi pequeña casita del campo.
Conducía despacio por estas razones y porque los ojos me los abrochaba el sueño, cuando en esa zona en que el bruno empieza a comerse los focos del coche, advertí como una persona totalmente desnuda con la cabeza rodeada de charamuscas y a grandes trancos, cruzaba la calzada.
Atónito paré el vehículo y entonces del profundo silencio del arcabuco, brotó un sonido tristón como la cuerna o caracola de un montero.
El resto del trayecto y ya en mi casa hasta quedarme dormido frente a la lumbre, no hice sino discutirme si vi algo real o había dado una cabezada al volante.
A la mañana siguiente seguía atormentándome la explicación lógica de este suceso y con el casi convencimiento de haberlo soñado y el propósito firmísimo de no conducir con sueño, regresaba al pueblo. Al llegar a la altura del lugar donde creí tener la visión, sin esperanza de
aclaración alguna, me apeé de mi vehículo para curiosear.
Después de varias vueltas y con tremenda emoción, vi en la roja y blanda arcilla del olivar, la huella nítida de un pie desnudo.
¡¡Ni me había dormido, ni alucinado!! Aquella horrible noche un ser humano sin ropas y rodeado de centellas, vagaba por el monte soplando un cuerno.
Con gran cautela ante el temor al ridículo o de bromas pesadas, comencé a indagar entre los hombres del campo de aquellas cercanías, que bien pocos eran: el vaquero de Agua-Corcho, el pastor del Castaño, el cabrero de los Cardales... nadie me aclaraba nada y parecía que eludían este motivo. Lo más que pude sacarles es que algunas noches habían visto una luz por las calicatas de Juan Teniente, y que suponían eran cazadores furtivos de los de "aves con lumbre".
Así en mis pesquisas me llevé meses hasta tener un día, cuando ya me daba por ven
cido, un pequeño rayo de luz. La casera del Cañuelo había enfermado y le habían trasladado a su pueblo Cabeza del Buey. La causa del mal fue la impresión que llevara al encontrar en el gallinero a un hombre en cueros.
Esto solo eran rumores, pues el marido no había denunciado el hecho, por no dañar su reputación.
Después de esto solo me quedaba por conocer e interrogar con la debida precaución, a un matrimonio que tenía por habitación la Zahúrda de Juan Teniente.
Según el encargado de las Umbrías, eran gente hosca que rehuían el trato y centraban 
toda su actividad aislados en el carrascal, haciendo boliches, pues eran de profesión carboneros. Completaba la familia un anciano ciego padre del piconero.
Varias veces subí al San Cristóbal con los prismáticos y dediqué mucho tiempo a vigilar la casa. El matrimonio se afanaba en la corta de leña sin descanso y al atardecer sentaban en una silla y en la puerta, a un viejo de pelo blanco.

Un atardecer cuando ya el inválido patriarca se mecía en su asiento, me acerqué descuidadamente con la intención de observar más de cerca y entablar conversación. ¡Nunca lo hubiera hecho! Al verme descender por la vereda, la mujer horriblemente disfrazada por el polvo del carbón, recogió brutalmente a su suegro en el interior de la vivienda y respondió con un agrio ¿Qué quiere Vd.? a mi templado buenas tardes.
-Señora, pasaba por aquí y tengo sed. ¿Me da Vd. agua?
-Ahí tiene el búcaro. - Y me señaló un tiesto que debió ser blanco.
Mientras intentaba beber noté a mis espaldas la presencia del marido, el que, al devolver el pitorro a su lugar, me lo arrebató casi en el aire y me espetó:
-Váyase y no nos espíe más.
Y así me despidió cuadrado en el llano de la casa con una pequeña hacha colgada del antebrazo.
Este fracaso me hizo ser más prudente y casi olvidar mis pesquisas durante mucho tiempo, pero estaba de Dios que mi participación en estos enredos no acabarían aquí.
Para que mi interés no decayera, una vez vi la luz por los castaños del Cerro Montilla y dos madrugadas me despertó la triste voz de la cuerna.
No me cupo duda, mi finca estaba situada de forma que sin querer era testigo de un poderoso misterio.
Me pasaba desde el porche de mi terraza en el campo, largas horas por las noches vigilando el valle del San Pedro y sus laderas de algaba.
Una noche que lloviznaba mansamente, hacía mi guardia tan relajado en la butaca, que me venció el sueño.
Dicen que el hombre presiente al lobo en la oscuridad, porque se le eriza el vello. Algo así me pasó. De pronto abrí los ojos con sobresalto y un grito de terror se me escapó quebrado.
Ante mí, a pocos pasos un hombre altísimo, de piel y cabellos blancos, larga barba de igual color y totalmente desnudo.
Los ojos overos y con expresión de loco, en una mano un tizón ardiendo y en la otra una liara.
Ante mi grito saltó la baranda con gran agilidad y se perdió en la noche.
Cuando despavorido me encerraba a cal y canto, sonó la cuerna.
¿A quién puedo contar esto? ¿Quién lo creería?
Un día me apuntó el Cotufa, que pone cepos para conejos y busca esparraguillas, que en una galería de la mina, en lo más hondo, alguien duerme y hace candela.

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36) A TONTAS Y A LOCAS

4/4/2021

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Para mí las gallinas siempre han sido tontas y las cabras locas. Necias resultan las pollitas púberes, estilizadas y coquetas, ante el gallo garañón, fantoche y celoso. Viejas papanatas las cluecas ventrudas y quejosas, dóciles y enamoradas ante el cacique emplumado.
Alborotadas sin razón, se resignan horripiladas a que la comadreja les chupe la sangre bajo el ala.
Picotean incansables sin discernimiento, soltando con igual facilidad un huevo o una gallinaza.
Su cobija es muy variopinta, pero ninguna más sorprendente que esas leonadas sin raza reconocida, pesadas como buitres y de pescuezo pelado. Igual comen un membrillo que una rana, y berzas más que una vaca.
Ponen cuando Dios quiere un huevo descomunal encubierto como un tesoro en la maleza, con cascarón a prueba de cantos y yema encendida como las mejillas de una batueca.
Razón llevaba Don Fabricio. Este es un extraño personaje que deambula por los campos pasmando a los labriegos con su sencillez y discreción.
Acumula piedras y bichos en su morral y pide asilo donde le sorprende la noche, fuere cortijo o choza.
En muchos de estos humildes lugares, las letrinas coinciden con los establos y gallineros, y sé que para él es dura prueba en más de una ocasión, vencer su timidez y exhibir sus vergüenzas ante la mirada bonachona de una vaca y la múltiple expectación del gallinero.
Además, decía: tuercen la cabeza porque prestan más atención.
Inoportunas, desangeladas e insensatas me mostraron cuanto eran, la tarde que se averió el coche. Ya venía mal de algún tiempo atrás, pero aquel día sus toses y espasmos me hicieron maliciar una obstrucción en el carburador.
Hice un alto en la explanada de un humilde cortijo y febrilmente, por la inminencia de la oscuridad, procedí a intervenir a mi paciente.
Lo tenía destripado y después de haber soplado numerosos tubos con sabor a gasolina, andaba con el destornillador soltando un tornillito rubio como de bronce pulido, que por su pequeñez se me resistía.
Confianzuda y osada una gallina blanca me escarbaba bajo las piernas, cuando como empujado por un resorte saltó el tornillo ante la cloqueante criatura, que sin el menor titubeo se lo zampó de un solo golpe de pico, seguramente por su parecido con un grano de maíz.

Ella, la pita, siguió esculcando y yo sorprendido pensando sin perderla de vista como recuperar la pieza. Al fin lo decidí; tenía que cazar al ave y hacerle esta vez en un ser vivo, una intervención quirúrgica con mi navaja, o resignarme a dormir allí mismo.
Despacio primero y airadamente después la perseguía. Ella me esquivaba y escandalosamente protestaba, hasta provocar la intervención en su defensa de una vieja que se declaró la dueña, quien con ojos de sospecha no daba crédito a mis explicaciones.
Al final compareció el marido que me autorizó el sacrificio de la glotona previo pago de su importe y concediéndome llevar la carne. Pero cual no sería mi desolación al comprobar que, durante estas negociaciones, la ratera se había mezclado con quince o veinte compañeras todas de la misma pluma.
¿Qué va a Vd. a hacer?, me preguntó socarrón el paleto... ¡Puede poner un palito al agujero del tornillo o despanzurrarme todas las gallinas, pero a quinientas pesetas por pico, que son de raza!
Después de una hora de marcha pedestre me recogió un camión y con las aves pernoctó mi vehículo.
Que por cierto no fue esta la única agresión que sufriría ni la más grave, ya que, si las gallinas pueden producirle una avería, las cabras lo abocadean con regusto.
En una ocasión que lo estacioné en un sendero, a mi vuelta lo sorprendí rodeado de una machada que se merendaban los guardabarros de plástico, lo que no me extrañó mucho pues como cosa natural en su chaladura, comen con apetito los periódicos. Y en una ocasión fui testigo y no lo olvido, de cómo una chota retozona arrebató de la mano a un vendedor de huevos un billete de mil pesetas que ingirió en un santiguo.
Se botan, balitan y hacen títeres por piedras y tapias como alienadas, si bien es verdad que en otros quehaceres sus locuras son aprovechadas con éxito.
Si quieres extirpar un tupido zarzal ata una chiva a su orilla y para mondar las almendras un astuto labrantín, se las esparcía al anochecer en la enramada, para recogerlas al siguiente día limpias y brillantes, listas para encucar después de pasar la noche como caramelo en boca de
viejo.
Me ratifico, las gallinas no tienen discernimiento y las cabras son unas irreflexivas.
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35) EL PAVO DE NAVIDAD

3/4/2021

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De la caseta de peones al puerto y por las cunetas, arreaba a unos pavos siempre precedidos por uno más voluminoso del que guindaba una cencerrilla. Completaba el estrecho hato, una cabra rezagona y un perrillo endino.
En el invierno era un rebujo de paños pardos, y en el verano un espantapájaros con sombrero de paja. Así se reparaba desde la carretera, y ¿a quién interesaba más?
Debía ser familiar del peón caminero que asistía aquel tramo de arrecife empolvado, y año tras año, su meñique figura se iba concretando, y el semblante se lo endurecía el desecar de los soles y los cencios del alba.
Cuando yo decidí comprar el pavo, estos accidentes y su probable climaterio, habían transformado a esta mujer en una esbelta coscoja.
Fugitiva de todo contacto humano, negaba el saludo, mantenía el gesto hosco bajo sus crines entrecanas, y huía despavorida ante la presencia de la guardia civil.
Para mí, era una cretina rural.
Buenos pavos, sí tenía, pero como el del aljaraz que avisaba a la tropa, ninguno, y por ello lo solicité.
Cuidando el trato andábamos el peón con la peona y yo en la talanquera del huerto, cuando como de la tierra brotó la Ana que había estado a la escucha tras la tapia, quién con horribles aullidos y parajismos, quebró la armonía del acuerdo y me obligó a despedirme sin lograr el garullo.
Yo me fui molesto y ellos quedaron confusos y avergonzados.
No pasarían dos días de que esto ocurriera, cuando Cristino el peón caminero, me llevó el animal a casa envuelto en disculpas por el desplante de su cuñada Ana; Ana la Pavera.
Más tarde en la taberna insistió reiteradamente en su descargo y de forma deshilvanada me narró la historia que justificaba sus desequilibrios.
Ana era una niña normal a los trece años, que, junto a sus padres, y en el último año de nuestra guerra civil, vivía en un pueblo de Levante.
Este villorrio fue conquistado penosamente y ocupado por tropas marroquíes en una orgía de sangre y disparate... había llegado el jinete de la guerra.
En la barbería del padre de Ana, mientras tres magrebíes violaban a madre e hija, otro
 obligaba con el mauser encarado al barbero, a rasurar la barba de otro hijo de Mahoma.
​Fueron los gritos de las mujeres los que atrajeron a un teniente de regulares, quién ante la escena, no dudó en ejecutar a los tres forzadores en el acto.

Mientras el padre de Ana degollaba al que afeitaba, el último de ellos al huir, lanzó una granada que cerró la tragedia matando al barbero e hiriendo al oficial. A partir de aquí los acontecimientos, si fueron menos precipitados y violentos, no dejaron de poseer la dureza necesaria para que Ana fuese capaz de salvarlos sin detrimento.
Quedó la niña embarazada, hízola abortar la madre y enfermó gravemente. Lentamente se repuso el cuerpo, pero su cabeza quedó tarada y su boca muda.
Lo demás ya era presente, murió la madre y lo que recoge el bueno del peón, es una vieja de veinte años, que, según sus palabras, poco ruido da, es como una niña....
Quedé entristecido por aquella amarga historia y rumiando cómo la desgracia se ceba a veces en los seres más sencillos.
Decididamente su reacción ante el trato del pavo, fue el de una niña a la que le venden su juguete, y para reparar en lo posible el daño que yo pude hacerle, decidí regalarle... ¡Pues lo que se le regala a una niña!: una muñeca.
Así lo hice, compré una graciosa muñeca de trapo y la metí en el coche para aprovechar la primera ocasión y dársela.
Varios días pasaron y no la vi por su eterno pasturaje ni a ella ni a su rebaño, hasta que al fin la sorprendí sentada en el pretil de la alberca a puertas de su casa.
Con miedo de que no comprendiera o que guardara resentimiento, me acerqué despacio y le ofrecí la caja con el juguete. Miró sin expresión y la tomó en sus brazos... ¡pero no la abría! La destapé para que viera su contenido sin perder detalle de sus gestos. La acunó en sus brazos como una madre, y sin mirarme se fue con ella a la caseta.
Satisfecho por el resultado ponía el coche en marcha, cuando la vi venir a mí gritando. Desconcertado esperé cualquier cosa...menos lo que ocurrió.
Se abrió la bata enseñando un pecho sin senos, y de entre las costillas que parecían cuadernas de un barco varado, extrajo una estampita de la Inmaculada que me ofrecía con el brazo extendido.
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34) EL DUELO DE PACHECO

2/4/2021

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La abuela Basilia ya andaba simple, y el abuelo Pacheco bien asido tenía el mal de la muerte. Se perfilaba el duelo, lujo de Castilla, en telas negras y penumbras silenciosas, cita de deudos y fámulos rústicos.
Hijas y comadres adecentaban la casa ante la inminencia del trance y las llaves de arcas y despensas, las custodiaba Remedio, la mayor de ellas, mujer enteca y sin risas, aun en sus años mozos.
Era una familia, unida en piña ante la tragedia del fin de una dictadura paternal, templada a ocultas por la bondad adufe de la abuela. La villa entera asistía al desmoronamiento de una institución de mano férrea acatada por hijos, nueras, yernos y nietos. A las fiebres que al abuelo tiraron a la cama, se le había añadido según el galeno, una buba en el colodrillo que lo había traspuesto.
Mientras las hijas dirigidas por la primogénita disponían con las mejores telas el lecho, Teodosio su amigo de café y copa, aguardaba en la habitación contigua al Sr. Cura que lo ungiera con los Santos Oleos y encomendara su alma.
Sentados en sillas de anea alrededor de una mesa central y en fila, espaldas contra el muro, yernos, nueras y vecinas cerraban el cuadro en oscuro silencio con suspiros y pañuelos en la cabeza.
Una bocanada con olor a membrillos y gamboas, brotó del altillo en el ropero al abrirlo Remedios, en busca de las sábanas de hilo, lienzos que solo dos veces sirvieron: la noche de bodas y la del duelo. Subida en una silla, a duras penas alcanzaba, por lo que, a sus esfuerzos, al suelo se le vinieron, ropas, membrillos y un reguero de monedas en el cachucho de los abuelos. Doblones de a ocho y excelentes de Granada, hasta veinticinco en total.
Como un resorte se volvieron las tres hermanas hacia los viejos, que ajenos completamente a las vanidades de este mundo, uno se moría a chorros y la otra seguía rezando su interminable rosario.
Como la recolección de las monedas fue apresurada y dispar, trabáronse de los moños y difícil fue el sedarse e intentar dividir aquella lluvia caída del ropero entre las tres, sin noticia para el resto de los deudos, en este caso, las cuatro cuñadas.
Como veinticinco no es divisible por tres, un excelente quedaba de pico, que pudo ser causa de escándalo y de la intervención del total de los herederos que con el cura esperaban en la puerta. Al final, Remedios prometió un mulo domado al arado, a cada una de sus hermanas, a
cambio de la moneda de la discordia. Y aseado el moribundo, abrieron las puertas, visiblemente compungidas, al clérigo.
Siguieron llegando comadres dispuestas a gemir y llorar a gritos, y Basilisa ultimaba un lebrillo de pestiños, que junto a media arroba de aguardiente, moderarían los flatos en la vigilia hasta la madrugada.
Ajeno a estos negocios y tan solo pared por medio, rumiaba Teodosio atusándose el mostacho, las confidencias del moribundo, únicas para con él, ya que Pacheco era reservado además de serio.
Bracero temporal limpio de fortuna, casó con Basilisa ingenua pueblerina heredera de una suerte de olivar.
Tras cincuenta años de trabajo constante y administración usurera, había reunido siete hijos y muchas parcelas, a la tierra de su mujer.
Averiguador de meonas con dignidad y recato, se caracterizaba por una graciosa facilidad en idear estratagemas para conseguir lo que se proponía y sus frases eran sentencias citadas como axiomas.
Siendo mozo y peón de albañilería, tenía la "hiel reventada" de apetito ante el espectáculo del doblado de la casa en que trabajaba, cuyo piso se hallaba tapado de uvas para pasas. Con el gato del amo y una tralla se avió postres y primicias.
​Una vez atado el morrongo por el rabo, lo introducía por la gatera de la puerta que a su vez servía de mira, produciéndole un espanto hasta lo que daba la cuerda. Colocado en el tajo el animal lo allegaba dulcemente, a lo que el minino se oponía arrastrando las uñas y
acarreando la fruta.
Era muy comentado cómo demostró a la guardia civil quién le robaba las aceitunas basándose en la disposición de las piedras que el ladrón había colocado para pasar el arroyo. Las lajas para pisar enjuto, se acomodan por prudencia más próximas en la orilla donde se entra cargado.
Afirmaba que las cosechas de bellotas y aceitunas no se aforaban mirando a los árboles, sino al suelo que es más cómodo y se aprecia mejor, pues el soleo es parte de lo pendiente.
Recordaba Teodosio cómo se complacía en los días fríos y despejados del invierno, salir al campo aún con las estrellas, armado de su apoyo de acebuche, del que regresaba a la hora de tercia con una sonrisa socarrona y un lebrón desmesurado.
Al amanecer, en las frías mañanas de las heladas, al lebrato ya encamado, lo rodea una pompa de vapor que lo delata. Pacheco, agachado a ras de la yerba, lo situaba, continuaba el paso y
canturreando al mismo ritmo, al llegar a su altura, sin verlo le acertaba con la garrota.
Las últimas peras de la huerta y algún melón duro, los distribuía estratégicamente entre la paja, de forma que a lo largo de todo el año tenía asegurado el concurso de los nietos para llenar los sacos que necesitara, con el soborno de un dulce encuentro.
Inverecundo por sus experiencias, ante la noticia de que alguien quisiese adquirir alguna finca, siempre exclamaba jocoso: "¡¡No corráis, esperad a que yo muera y compraréis barato!!".
¡Era un cínico!, recapacitaba su amigo, pero con gracejo e ingenio. Solo en una ocasión lo vi confundido y avergonzado, y quizás por ello, me lo contó.
Tenía la abuela Basilisa como ama y criada, una moza honrada y de gran discreción, a la que el abuelo Pacheco acechaba arteramente de luengos años, tantos como hacía que entró en su casa.
Sólida como una encina, le huía los encuentros por cuadras y graneros con femenina prudencia. Tantos fracasos y manías seniles apremiaron al viejo en su cerco, y Bibiana, que así se llamaba, puesta entre la espada y la pared, apeló a mamá Basilisa no confiando en su acierto.
Tomó la abuela la confesión tan ligeramente como era de esperar y acordaron consultar con el confesor, siempre grueso invitado y hábil maniobrero.
Un anochecer en la despensa, la Bibiana salvó su pureza con la horqueta de colgar los chorizos y la promesa de coincidir en el henil cuando la abuela Basilisa fuese al rosario.
Al tercer toque de las campanas de la Parroquia ya estaba el abuelo Pacheco por los corrales camino del henil; entreabrió el portón y allí en el lóbrego, la Bibiana con su delantal blanco y pañuelo de flores, sobre un haz de gallarofa.
Retornó el abuelo Pacheco a sus mejores y apasionados años mozos... le voló el tiempo...
Serenado el ánimo y refocilándose de su virilidad, volvía reparándose el semblante, y con sigilo se coló en la casa por la cocina.
Allí la sangre le huyó del cuerpo al descubrir a la Bibiana planchando mansamente, y al revolverse, a la abuela Basilisa tras él, plácida y sonriente con un delantal blanco, y sacudiéndose la farfolla.
Huyó al campo y cuando a los tres días, aplanado y sumiso intentó justificarse en algo, encontró a la abuela en las mejores disposiciones, asegurándole con coquetería que le gustaría repetir la aventura.
¡¡Que en paz descanse el abuelo Pacheco!!
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33) LA CRUZ DE LOS LOBOS

1/4/2021

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Esparcidos alrededor de la vereda encontraron Cachón y Vicente el Cojo las alforjas, una libretilla de cuentas y tres duros de plata. Jirones de ropa con sangre muy diseminados había más lejos, y las botas, que sentaron veredicto, las encontró el cabo de la guardia civil a los dos días, en la inspección ocular. Tenían los pies del desgraciado en su interior, con los cabetes enlazados y roídos por las canillas. Nada más.
El forense aseguró que, más restos, si los había, estarían desmenuzados y en kilómetros a la redonda.
¡¡A Genaro el Portugués se lo habían comido los lobos una noche de tormenta!!
La noticia rebotó como un eco por cortijos, molinos, lagares y gañanías; las mujeres se horrorizaron, se organizaron monterías que no vieron un lobo, y el alcalde mandó fabricar una cruz de piedra en el lugar donde el Comandante del Puesto halló los pies intactos preservados por el cuero del calzado.
Genaro el Portugués era un tipo simpático, con profusa paula de tratante. De media estatura, cabello y ojos muy negros, se dedicaba a la compra de ganado por las cortijadas, especialmente de cabras. Hombre maduro y responsable, era conocido en tabernas y posadas.
Por el tráfico de unos barbones visitó la majada de Cachón, que tenía una machada y unas chozas en la ribera de Benalija.
Cachón, con su mujer la Aurora, presidían una familia como tantas otras en aquellos pagos, con escaso contacto con el pueblo y una dependencia relativa, que salvaba el marido con un hateo mensual, rematado con una romería de tabernas y una fenomenal pítima.
Tenía una hija, la Yedra, de poco más de veinte años, agraciada, morena y robusta, inexplicablemente sin cortejo ni rondador.
​
Completaba la familia un viejo, Vicente el Cojo, solterón y tullido, que ordeñaba las cabras, hacía los quesos, traía la leña, pelaba la burra, barría la zahúrda..., lo hacía todo por la comida, la cama y el lavado de la ropa.
Genaro no vio los cegajos cuando visitó la choza de Cachón, solo vio a la Yedra y ésta no le hizo remilgos, por lo que siguió frecuentando la majada hasta lograr su noviazgo que a todos agradaba: a la codicia de la madre, al pragmatismo simplón del padre y... rompía la monotonía de la vida de Yedra.
Totalmente ciego y cautivo en los encantos

 juveniles de Yedra, el maduro Genaro pelaba una pava con largas ausencias, obligadas por su profesión de marchante. Cuanto acabara de recoger los chivos se casarían, y para celebrar esta decisión, tomaron los componentes de la familia una botella de aguardiente que trajo el novio aquella tarde pegajosa de Mayo.
Con la alegría se hizo la noche, la tormenta que amenazaba, cuajó en una espeluznante exhibición de culebrinas azuladas.
El Portugués, ya sea por la tormenta, ya por la Yedra que le habían sentado bien los calostros de la Primavera, retrasó lo que pudo la vuelta a la olla de Sta. María, donde le esperaban dos zagales con una piara de borregos.
Con verdadero dolor declinó la invitación de sus futuros suegros a compartir chozo con Vicente el Cojo aquella noche, y, saludando jovial, unas veces se perdía en la vereda como boca de lobo y otras aparecía iluminado por las centellas.
Nunca más se supo de él.
Cachón murió casi montado en su mulo blanco; la Aurora vendió el ganado y compró una casa en Puebla del Maestre, que convirtió en taberna; Vicente el Cojo más viejo y áspero, servía el vino, y Yedra se acartonó.
Pero en el campo, en las noches de invierno, a la lumbre, se contaban otras cosas.
Cachón y la Aurora habían tenido en Vicente un fiel mastín para hacer sus pesetas valiéndose de su rudeza y misantropía...y éste, por la misma razón, a Yedra la había manoseado desde muy pequeña.
Profundamente apasionado y en constante promiscuidad, asaltaba a la Yedra, que no era más que un animal joven.
La noche de la tormenta, Vicente aguardó en las tinieblas el paso de Genaro, le hundió el cráneo con la cachava, echó el cadáver a las cochinas paridas y antes del alba esparció los restos.
Noches antes, y muchas veces después, aullaron las lobadas en los barrancos de la Cueva de Santiago.
 
 Sombras le avisaron
que no saliese
y le aconsejaron
Que no se fuese...
...que de noche le mataron
al caballero.

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